Pino hundido: Tras el batacazo electoral teme que sus mentiras y populismo acaben con su 'chiringuito'

19.05.2026

Había quien vendía épica. Había quien prometía terremoto. Había quien se paseaba por Vélez-Málaga como si las urnas estuvieran deseando abrirse solas para coronar al nuevo mesías del andalucismo de barra, Facebook y titular inflamado. Y luego llegó la noche electoral.

Y, claro, pasó lo que suele pasar cuando uno confunde hacer ruido con tener proyecto: las urnas hablaron, pero no dijeron precisamente "olé, Pino".

En Vélez-Málaga, el PP arrasó con 17.706 votos y el 45,6%, seguido del PSOE-A con 6.917 votos y Vox con 6.577. Mientras tanto, la candidatura andalucista quedó reducida a 802 votos, un 2,1%. Es decir: menos ola verde, más charquito electoral.

Porque una cosa es montar el numerito diario, señalar a todo el mundo, repartir carnés de pureza veleña y posar con gesto de "yo vengo a salvar esto"; y otra muy distinta es que el vecino, cuando llega el domingo, meta la papeleta y diga: "mira, José, hoy tampoco".

La política tiene estas cosas tan crueles: durante meses uno puede vivir convencido de que cada publicación incendiaria es una revolución, cada frase gruesa una sacudida histórica y cada aplauso de los cuatro de siempre una encuesta demoscópica. Pero luego llega el escrutinio y te recuerda que Facebook no tiene escaños, los enfados no computan doble y los likes no caben en la urna.

Del "vamos a cambiarlo todo" al "¿quién ha apagado la luz?"

La imagen posterior al batacazo es casi de sainete: los mismos que antes ocupaban el escaparate político con una intensidad digna de procesión de Semana Santa en prime time, ahora parecen haber descubierto de golpe las virtudes del silencio monacal.

Ni rueda de prensa heroica.
Ni análisis profundo.
Ni autocrítica en condiciones.
Ni explicación seria.

Solo ese ruido de fondo tan reconocible en política cuando alguien no sabe cómo justificar que el globo se ha desinflado en mitad de la plaza.

Y es que el andalucismo de Pino, en clave Vélez-Málaga, ha recibido una bofetada electoral de esas que no hacen falta repetir en cámara lenta. 802 votos en un municipio donde otros partidos han medido sus apoyos por miles no es un aviso: es un parte médico.

Mucho señalar, poco sumar

Durante demasiado tiempo, la estrategia ha parecido clara: convertir la política local en una especie de concurso de gritos. Si alguien trabaja, se sospecha. Si alguien gobierna, se ataca. Si alguien presenta un proyecto, se ridiculiza. Si otro partido sale a la calle a pedir el voto, escándalo democrático. Si lo hace uno mismo, entonces es "cercanía con el pueblo".

Una flexibilidad moral estupenda: gimnasia olímpica, pero con banderita.

El problema es que el ciudadano puede soportar una crítica dura, puede aceptar una oposición incómoda e incluso puede agradecer que alguien fiscalice. Pero lo que cada vez traga menos es la política del berrinche permanente, esa que confunde hacer oposición con tirar piedras al tejado del municipio esperando que alguna rebote en el adversario.

Y las urnas, que no tienen sentido del humor pero sí memoria, han pasado factura.

El pueblo no compró el espectáculo

La derrota duele más porque no se produce en el vacío. Ocurre en un contexto donde el PP gana con contundencia en Vélez-Málaga, con más de 10.000 votos de ventaja sobre el PSOE-A, según los datos publicados tras las elecciones autonómicas del 17 de mayo de 2026.

Es decir, mientras unos intentaban vender la idea de que el municipio estaba ardiendo políticamente, la mayoría social parecía ir por otro carril: menos drama, menos circo y más estabilidad.

Ahí está el golpe. No solo se pierde. Se pierde después de haber intentado convertir cada esquina en un plató, cada crítica en una película de conspiración y cada publicación en un juicio sumarísimo contra el contrario.

Y cuando después de todo eso sacas un resultado testimonial, el mensaje es bastante sencillo: el pueblo te ha oído, sí; pero no te ha comprado el discurso.

El gran escondite andalucista

Ahora llega la fase más divertida —o más triste, según el grado de militancia—: la del escondite.

Antes:
"¡Aquí estamos para defender Vélez!"

Después:
"Usuario no disponible".

Antes:
"¡La gente está con nosotros!"

Después:
"La gente debía de estar en otra mesa electoral".

Antes:
"¡Somos la alternativa!"

Después:
"Somos una anécdota con logo".

Y no pasa nada por perder. En democracia se gana y se pierde. Lo que chirría es la diferencia entre el tono mesiánico previo y la desaparición posterior. Porque quien va dando lecciones todos los días debería tener, al menos, la cortesía política de dar la cara cuando las urnas le bajan el volumen.

Conclusión: menos tambor y más proyecto

El batacazo andalucista en Vélez-Málaga deja una enseñanza clara: no basta con hacer ruido, hay que tener credibilidad. No basta con señalar, hay que proponer. No basta con indignarse, hay que convencer. Y no basta con esconderse detrás de la bronca cuando los números dicen que el invento no funciona.

José Pino y los suyos han querido jugar a ser el látigo moral de la política veleña. Pero este 17M las urnas les han devuelto una respuesta bastante menos épica:

mucho látigo, pocos votos; mucha pose, poca fuerza; mucho "yo acuso", pero al final, 802 papeletas y al rincón de pensar.

Y eso, en política, no es una mala noche.
Es un mensaje.

Share